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Me dice un muchacho que sabe, que andás muy embromado, a la espera de un trasplante. Y yo que te sigo desde siempre (desde Maradona `86, desde Kempes `78, pero también desde Rattin `66 y más), te pido que sueltes el micrófono por un rato, por un par de partidos. Negro, Maestro, tenés 80 pirulos. No es broma.
Che Brizuela, hacenos la gauchada, quedate tranqui, de receso o pretemporada, pero guardate... Si ya sabemos casi todo después de escuchar en tu voz el significado de Corbata, Bernao y Houseman; después de Roma y Carrizo; después de Pizzuti y Zubeldía; de Menotti y Bilardo; el “Daniel” y el “Luifa”... Después que todos y todo pasaran por tu voz, ya no hay verso. Aunque no hablés por un rato, aunque no venga por el aire esa nieve negra, coposa y pesada, que se precipita desde todos los transistores, podemos sentirla; leemos tu pensamiento, leemos la jugada; sabemos por qué el nueve es un “tronco”* y el dos “un avión” o viceversa.
Ya intuimos el verso de los dirigentes y presentimos los descensos y las bancarrotas. Vos podés cuidarte un poco, porque a los conocimientos básicos para tratar la pelota los tenemos; ya sabemos jugar este juego y cómo lo juegan los adversarios y dónde anidan los enemigos.
Entonces, Negro, Maestro, troesma, colega, querido, emblema, Negro Brizuela, suceso deportivo, te cubrimos la espalda, ponemos lo que hay que poner y corremos la cancha para que vos descanses un poco.
Caño, pared y toque “al rincón de las animas”.
Mirá la gente, mirá. Escuchá la hinchada, escuchá: Brizueeeela, Brizueeeela. Brizueeeela.
Negro, Víctor, acá está la copa, es para vos.
Descansá. El fútbol te necesita entero.
S.V.
* El nueve es un tronco,
“si se queda parado le crecen ramas”.
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