Cómo hablar de aquello que nos excede, que nos abruma por amor, que por inmenso nos faltan las palabras. Necesitamos de los viejos, los niños, las mujeres, los trabajadores, los humildes, para todos juntos, elevar la voz y gritar tu nombre, invocarte una vez más, y recordar lo que entregaste, como fuego perdurable de lo que nos hace sentir orgullosos, apasionados por la verdad, militantes para siempre de tu causa.
El 22 de agosto de 1951, recibíamos de tus labios la más alta lección de dignidad, aprendíamos la fuerza que otorga la lealtad, entendíamos que no importan los cargos o los títulos, y que valía la pena luchar, llevar tu nombre como bandera, devolver a la vida y la luz, el sueño de una Patria justa, libre y soberana.
La principal virtud de un revolucionario es el amor, y aquello fue un imponente gesto de amor, quizás el más grande de la historia argentina. ¡Qué gloria, qué honor, el de ser amado por los desposeídos de la tierra!
Aquella multitud que coreaba tu nombre, que extendía tu débil cuerpo hasta los confines remotos del olvido, que afirmaba la victoria del espíritu, conquistaba en esa jornada memorable, la libertad irrenunciable de los pueblos.
Escuchar una vez más tu voz, frágil y quebradiza como tu pequeña figura de mujer, volver a emocionarnos con algo más grande, poderoso y generoso; recuperar la alegre convicción para combatir, pero también la dura ternura, para restañar las heridas.
Aquel día, Evita nos entregó su corazón y las banderas que hacemos tremolar, luzca el sol o no. Devotos de esa belleza que ilumina nuestros pasos, vamos al encuentro en el compromiso del radiante ejemplo. Este es nuestro tesoro.
Normand Argarate
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