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Escribe Pepo Garay
Especial para EL DIARIO
Pregúntele a cualquier extranjero cuáles serían los elementos que mejor representan a nuestro país en el globo. La respuesta, en la mayoría de los casos, se cierra en tres pilares fundamentales: fútbol, carne y pampa. Mucha pampa. Para el mundo, el mejor sinónimo de Argentina en materia de paisajes se traduce en interminables llanuras, adornadas con vacas, caballos y siembras.
Aunque nos parezca inverosímil, muchos ignoran nuestras colosales montañas, lagos, cataratas, ríos, glaciares, playas, quebradas y demás maravillas. Para ellos, los más bien reacios a los libros de geografía, el sur del planeta se reduce a una eterna y desértica planicie.
Lo cierto es que, más allá de la diversidad de relieves y ecosistemas del suelo patrio, no podemos negar que la región pampeana, al fin y al cabo, se erige como el territorio más emblemático de la nación. En ese sentido, la provincia de La Pampa resulta un fiel exponente de aquellas bucólicas imágenes que son marca registrada del centro del país.
“La esencia pampeana”
Antes de salir a investigar las bondades de las tierras centrales, hacemos pie en la ciudad de Santa Rosa. La capital provincial se configura como una tranquila y apuesta urbe, merced a su equilibrado diseño y a la gracia de sus espacios públicos. En ese sentido, destacan sitios como la Plaza San Martín. La bella explanada marca el epicentro del municipio, reflejado a través del ir y venir de los peatones el ánimo de la ciudad. De impecable apostura, es el principal testigo del sosegado ritmo de vida local.
Pero es a tan sólo 35 kilómetros al sur de Santa Rosa donde surge la verdadera esencia de la provincia. La Reserva Natural Parque Luro se manifiesta como el núcleo natural pampeano. Más de 7.600 hectáreas conforman el cuerpo de esta inmensa pradera. El emprendimiento es famoso por su principal atractivo: el avistaje de ciervos colorados.
Durante los meses de marzo y abril, las autoridades del parque ofrecen excursiones para “observar e interpretar” el comportamiento de los ciervos en brama. El espectáculo visual tiene al ejemplar macho como principal protagonista. A través de sus bramidos y movimientos bruscos, el líder de la manada va formando su peculiar harén. El acto en si mismo constituye un cuadro natural ejemplar, y una experiencia única para el viajero.
Además de esta singular atracción, en la reserva también se puede realizar avistaje de aves (existen más de 150 especímenes dentro del parque) y visitar distintas construcciones que llevan al visitante en un viaje por el tiempo. En El Castillo, una imponente casona de estilo francés, se obtienen testimonios relacionados a las costumbres campestres de principios del silgo XX. La sala de carruajes, el jardín, la caldera, la usina y el caserío, entre otras obras, vienen a aportar pruebas al respecto. Para mimetizarse aún más con el entorno, el foráneo puede acampar en las adyacencias de la Casona, recreando hábitos de la época.
Hacia el sur
Es en espacios como el Parque Luro donde el viajero advierte la identidad de La Pampa en todo su esplendor. Los recónditos paisajes de los alrededores aumentan esa sensación de desolación e inmensidad característica de la región, tan relacionada con la vida del gaucho.
Desde allí hacia el sur, las visuales adoptan un semblante aún más salvaje, cuando las huellas de la civilización desaparecen casi por completo.
El diminuto paraje de Padre Buodo es la última posta antes de adentrarse en desérticos caminos, que conducen hacia la Patagonia propiamente dicha.
Nosotros no cruzamos la frontera. Nos quedaremos en La Pampa, disfrutando de noches plagadas de estrellas, y de la sencilla hermosura que este idealizado rincón del mundo ofrece.
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