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Escribe: El Peregrino Impertinente
En varios lugares de nuestro país, las huellas de los dinosaurios aún perduran. Son pisadas grandes, muy grandes, por lo que podemos deducir que eran todos jugadores de básquet. Dominaron el mundo durante millones de años. Enormes, feroces, temibles. El ser humano jamás escuchó una metáfora más perfecta de la palabra suegra.
La impronta de aquella especie se puede encontrar a lo largo y ancho del territorio nacional.
La mayoría de los sitios paleontológicos aparecen en la Patagonia, donde destacan puntos como la comunidad mapuche de Paynemil y Villa El Chocón, ambas en Neuquén, esta última apenas a 80 kilómetros de la capital del Comahue. Pero también los hay en algunas regiones de Salta, el Litoral y la zona de Cuyo.
En esta región son especialmente recomendables el Parque Nacional Ichigualasto (hogar del famoso Valle de La Luna) en San Juan y El Parque Nacional Talampaya, en La Rioja. Areas de notable belleza donde el viajero, además de admirar el paisaje y hacerse el Indiana Jones, puede ilustrarse sobre la vida de los extinguidos reptiles.
En ese sentido, conviene aprovechar la información, el conocimiento y la calefacción que ofrecen la extensa gama de museos que tratan la temática.
Por lo general, cada lugar donde se encontraron fósiles cuenta con uno. Los más conocidos son el Museo Paleontológico de Bariloche, Río Negro, y el Museo Egidio Feruglio de Trelew, Chubut.
Allí descansan restos de dinosaurios como el Gigantosaurus Carolinni, el Argentinosaurus Huinbeculensis o el Piatnitzkysaurus Floresi (aparentemente de descendencia judía). Muchos turistas se han acercado con la idea de ver el Gabrielus Heinzesaurus, aunque sin éxito.
En las tiendas de regalos, algunos también buscan ejemplares para llevarse a casa. La desilusión que experimentan cuando les dicen que ya se murieron todos es indescriptible.
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