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El Peregrino Impertinente
El viaje arranca mucho antes de salir de casa. Cuando uno comienza a proyectarlo en su cabeza, en realidad ya está viajando. Igual que el arquitecto que a partir de una idea empieza a elaborar la construcción mentalmente. Piensa en cimientos, muros y lozas. Luego, convierte el deseo en sendas torres gemelas. Hasta que llegan un par de aviones inflados de terroristas y chau ilusión.
A diferencia de los proyectos arquitectónicos, el viaje no defrauda. Y a sabiendas de eso, el hombre despega con considerable antelación a la salida propiamente dicha. En ese anticipo cargado de fantasías va pronosticando las vacaciones. Elabora escenarios posibles, supone anécdotas.
Se está por ir a Cuba e imagina tomarse un ron con Silvio Rodríguez en la playa, mientras éste le confiesa: “Lo del unicornio azul es verso, nunca se me perdió. Lo importante es que con ese tema la levanté en pala”.
Está por salir hacia Inglaterra y se figura arrodillado frente a la reina y que justo cuando la soberana lo va a coronar caballero, se levanta y le dice: “Minga, vieja, a mí no me tocás con esa espada de morondanga. Usé esta ceremonia como excusa para comerme todos los sanguchitos de miga y robarme la pata flambeada. Además, me pasé la tarde correteando a las doncellas y enseñándole al Loro Real a decir ‘El que no salta es un inglés’, tomá vos”.
Son cosas que el viajero conjetura como para darle mayor impronta al precalentamiento. Después, lo más probable es que nada de esto suceda, y que en su lugar ocurran situaciones mucho menos estrafalarias. Igual hay que seguir soñando. Hasta donde yo sé, no cuesta nada.
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