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El joven Facundo Altamirano Montoya (foto) cuenta que “Abogacía se me presentó como la alternativa más satisfactoria en función del propio plan de vida que uno, más o menos, había ido bosquejando”. “El estudio de Derecho se planteó como la mejor posibilidad de profundizar en conocimientos sobre la sociedad, sobre la historia, sobre el pensamiento de las distintas épocas que fue evolucionando junto con -y haciendo evolucionar a- el derecho. En la búsqueda de un estudio que permitiera tener la visión más amplia posible, la Abogacía resultó ser la mejor opción”.
“Todo está en las leyes. En la norma legal desemboca lo social, lo periodístico, lo psicológico, lo cultural, incluso lo artístico. Y desde la ley, también, surge gran parte de todo eso”, expresó a EL DIARIO.
Curioso y apasionado, sostiene que “no se puede aprender la ley si no se indaga”. “Para entender, por ejemplo, la Ley de Reformas al Código Civil 17.711, es necesario entender también que su aprobación se dio durante el onganiato, en el año ‘68, y que su tratamiento y sanción se dieron en un contexto social complejo con una determinada ideología que hegemonizaba el poder público por la fuerza”, ejemplificó.
“Es completamente falso aquel preconcepto que tienen muchos acerca de que el estudiante de Abogacía se pasa el día memorizando códigos para recitárselos de memoria primero a un profesor y después a un juez. El derecho es otra cosa. Se aprende pensando, revisando, indagando y cuestionando sus fundamentos, la redacción de la ley e, incluso, los resultados prácticos que la ley arroja”, consideró el estudiante. Y ejemplificó: “Cuán efectiva es la pena de muerte que tantos referentes mediáticos con pareceres un tanto primitivos han proclamado y proclaman con tanta insistencia, cuánto beneficio y cuánto perjuicio deriva de la despenalización de ciertos estupefacientes, y así también en muchos otros aspectos. Hechos y situaciones concretas, que afectan a la vida de todos: eso es el Derecho. No se trata de un código frío, al margen de nuestra vida cotidiana”, subrayó.
“Se puede optar por el camino breve y sin demasiados sobresaltos de cumplir con los requisitos formales para aprobar, recibirse y ejercer o por el camino más complicado de saber qué se aprende y por qué. En este segundo camino está lo cautivante y socialmente valorable del Derecho. Probablemente sea menos rentable, pero, en definitiva, es ese el fundamento de la ciencia jurídica”, aseveró el joven.
“En el contexto de una sociedad convulsionada por la evolución cultural - que a veces se parece más a una involución que camina marcha atrás hacia la preponderancia de instintos atávicos- y el desapego a ciertos valores que deberían estar presentes, el abogado debería cumplir una función orientadora. Es necesario recuperar la función social del Derecho y, con ella, la función social del abogado. Si alguien estudia Derecho, si se embebe de toda una filosofía jurídica y estudia las nociones de lo justo, lo injusto, lo debido y lo indebido, debería asumirse como elemento social que tiene a su cargo una función en base a lo que se ha estudiado dando su aporte en esa búsqueda comunitaria de una organización colectiva más justa”, manifestó el entrevistado.
“El abogado debe estar, no sólo para cumplir una función de representación en el ámbito judicial, sino también para contribuir con el derecho en su máxima expresión, con la justicia en su máxima expresión, colaborando con el desarrollo, el enriquecimiento y la continua superación de la Ciencia Jurídica. Estudiar las leyes para colaborar con su aplicación, pero también para cuestionarlas e intentar corregirlas, para mejorarlas y mejorar la vida de todos. Que la práctica cotidiana, en la que todo se convierte en mercancía, no sea causa de una tergiversación de la nobleza de la profesión del jurista”, dijo de manera enfática .
“Incluso, esa tarea se puede dar, sin pretensiones exacerbadas, en el ámbito judicial mismo. ¿Por qué? Porque el abogado, al representar a personas en lo civil, en lo penal, en lo laboral o en el área jurídica que fuere, no trabaja con ‘la Justicia’, sino que trabaja con el Poder Judicial. Tal vez parezca una simple cuestión de palabras, pero hay una absoluta diferencia entre decir ‘Justicia’ y decir ‘Poder Judicial’ ”, advirtió.
“El Poder Judicial está compuesto por personas; los jueces son abogados que han calificado para ser jueces, pero no por ello dejan de ser personas ni abogados. Tienen falencias, como también las tiene muchas veces la organización judicial. En ese sentido, el abogado que no es juez, trabaja con el Poder Judicial, no con la Justicia. La idea es que tanto el Poder Judicial como los abogados en general, orienten su trabajo a la noble y magna misión de hacer que, efectivamente, sea Justicia”, afirmó.
“Hay mucho por corregir y mejorar. Es necesario dar el paso fundamental y echar a recorrer el sendero que recupere, no sólo en la Abogacía sino en todos los trabajos que desempeñamos los miembros de la comunidad, la intención de hacer todos los días algo, aunque sea un poquito, para lograr que seamos mejores, todos. Muchas veces la ley termina resultando perjudicial para algunos ciudadanos; hace falta trabajar para que no lastime a nadie más”, concluyó el estudiante.
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