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16 de Octubre de 2012
¿Qué hay de nue­vo en in­fer­ti­li­dad mas­cu­li­na ?
Entre las parejas infértiles los hombres están involucrados en dos tercios de las causas
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Hoy se pueden ca­pa­ci­ta­r es­per­ma­to­zoi­des en el la­bo­ra­to­rio

Te­ner hi­jos es el pri­mer man­da­to di­vi­no: "Cre­ced y mul­ti­pli­caos", di­ce el ca­pí­tu­lo I del Gé­ne­sis. Tan­to la Bi­blia co­mo ca­si to­das las re­li­gio­nes y ci­vi­li­za­cio­nes rin­den tri­bu­to a la fer­ti­li­dad y "cas­ti­gan" las si­tua­cio­nes de in­fer­ti­li­dad.  

Só­lo quie­nes han ex­pe­ri­men­ta­do la di­fi­cul­tad o la im­po­si­bi­li­dad de te­ner un hi­jo pue­den com­pren­der có­mo es­te su­pues­to sen­ci­llo ac­to de pro­du­cir vi­da a me­nu­do se trans­for­ma en una do­lo­ro­sa ob­se­sión.  
La es­te­ri­li­dad es la in­ca­pa­ci­dad que tie­ne una pa­re­ja pa­ra lo­grar un em­ba­ra­zo. Afec­ta a una de ca­da cin­co o seis pa­re­jas y ata­ñe por igual al hom­bre y a la mu­jer. Un 30% de las cau­sas son mas­cu­li­nas, un 30%  fe­me­ni­nas y el 40% res­tan­te son mix­tas. Es de­cir que el hom­bre se ve in­vo­lu­cra­do en más de dos ter­cios de los ca­sos. La OMS la con­si­de­ra una en­fer­me­dad. Cree­mos que es la pa­re­ja la que tie­ne el pro­ble­ma y no ca­da uno por se­pa­ra­do. Aun­que hom­bres y mu­je­res pue­den vi­vir el pro­ble­ma de ma­ne­ra di­fe­ren­te, am­bos com­par­ten la an­gus­tia y frus­tra­ción que es­ta si­tua­ción con­lle­va. La trans­mi­sión  ge­né­ti­ca a tra­vés de las ge­ne­ra­cio­nes nos da cier­to gra­do de in­mor­ta­li­dad a no­so­tros, a nues­tra fa­mi­lia y a to­da la es­pe­cie. Es­ta trans­fe­ren­cia se ve in­te­rrum­pi­da cuan­do una fa­mi­lia no de­ja un hi­jo. So­mos cons­cien­tes de que lo úni­co que per­du­ra­rá de no­so­tros al mo­rir­nos se­rá nues­tra des­cen­den­cia. Es­ta in­ca­pa­ci­dad es una de las si­tua­cio­nes más trau­má­ti­cas a las que pue­de es­tar ex­pues­ta una pa­re­ja co­mo tal y co­mo in­di­vi­duos. Es­ta rea­li­dad pue­de ver­se acen­tua­da en el ca­so del va­rón ya que pue­de im­pe­rar una con­fu­sa si­tua­ción de ma­chis­mo y vi­ri­li­dad. Por suer­te hoy los hom­bres acep­tan que se tra­ta de un pro­ble­ma de pa­re­ja y lo de­mues­tran al acom­pa­ñar a su mu­jer a la con­sul­ta. 
Des­de ni­ños nos pre­pa­ra­mos pa­ra ser pa­dres. Y ya ma­yo­res, la vi­da de nues­tros ami­gos y fa­mi­lia­res gi­ra en tor­no a sus hi­jos. Y nos pre­gun­tan "¿y us­te­des pa­ra cuán­do?" sin co­no­cer a ve­ces el do­lor que es­ta au­sen­cia pro­vo­ca. Pe­ro, ¿por qué es ca­da vez más fre­cuen­te es­cu­char co­men­ta­rios acer­ca de pa­re­jas que no pue­den te­ner hi­jos u otras que de­bie­ron re­cu­rrir a al­gún tra­ta­mien­to pa­ra te­ner­los?  En las úl­ti­mas dé­ca­das se ob­ser­va­ron ma­yo­res in­di­cios de au­men­to en la in­fer­ti­li­dad mas­cu­li­na. Es­to po­dría ser con­se­cuen­cia del es­trés, el uso de pla­gui­ci­das, el con­su­mo de ta­ba­co, los con­ta­mi­nan­tes am­bien­ta­les y de las co­mi­das,  et­cé­te­ra. Al igual que en la mu­jer, el es­tu­dio del hom­bre co­mien­za con una  his­to­ria clí­ni­ca y la rea­li­za­ción de un buen es­per­mo­gra­ma, co­sa que de­be efec­tuar­se en los la­bo­ra­to­rios de an­dro­lo­gía jun­to a otras prue­bas fun­cio­na­les muy avan­za­das hoy en día. A tra­vés de es­tos po­de­mos co­no­cer en de­ta­lle el nú­me­ro, la mo­vi­li­dad, la for­ma y con cuán­tos es­per­ma­to­zoi­des úti­les con­ta­mos pa­ra fe­cun­dar. Así po­dre­mos en­con­trar, por ejem­plo, des­de una oli­go­zoos­per­mia -ba­jo nú­me­ro- has­ta una azoos­per­mia -au­sen­cia to­tal- de es­per­ma­to­zoi­des, con so­lu­cio­nes en am­bos ca­sos. 
Pe­ro… ¿que hay de nue­vo res­pec­to al se­men? Hoy po­de­mos tam­bién re­cu­rrir a la ca­pa­ci­ta­ción de los es­per­ma­to­zoi­des en el la­bo­ra­to­rio, va­lo­rar el ni­vel de frag­men­ta­ción del ADN que pre­sen­tan esos es­per­ma­to­zoi­des a tra­vés del test del TU­NEL y bus­car y se­pa­rar los es­per­ma­to­zoi­des más ap­tos me­dian­te las lla­ma­das “ co­lum­nas de ane­xi­na “. To­do es­to per­mi­te me­jo­rar los re­sul­ta­dos de la fer­ti­li­za­ción in vi­tro, tam­bién.  Ade­más el au­men­to en el nú­me­ro de pa­cien­tes in­fér­ti­les po­dría ex­pli­car­se por el gran avan­ce que su­frió la me­di­ci­na re­pro­duc­ti­va en los úl­ti­mos años, lo que lue­go se vio re­fle­ja­do en más con­sul­tas y más so­lu­cio­nes. Asi­mis­mo ju­ga­ron aquí un pa­pel im­por­tan­te el efec­to mul­ti­pli­ca­dor de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción e In­ter­net.  
Pe­ro, ¿cuál es el rol que de­be­mos cum­plir los mé­di­cos?  
El diag­nós­ti­co cer­te­ro y los tra­ta­mien­tos efi­ca­ces ofre­cen hoy a las pa­re­jas in­fér­ti­les po­si­bi­li­da­des con­cre­tas de cum­plir su an­he­lo de ser pa­dres. Es fun­da­men­tal por lo tan­to lle­var a ca­bo al me­nos los es­tu­dios bá­si­cos. De­sa­for­tu­na­da­men­te per­du­ra el de­rro­te­ro con el que tan­tas pa­re­jas con­cu­rren a la con­sul­ta lue­go de ha­ber tran­si­ta­do múl­ti­ples ins­tan­cias sin al­can­zar el fin es­pe­ra­do. Si­guen car­gan­do grue­sas car­pe­tas sa­tu­ra­das de es­tu­dios, tra­ta­mien­tos y frus­tra­cio­nes. Por lo ge­ne­ral es­tas pa­re­jas ma­ne­jan dis­tin­tos gra­dos de in­for­ma­ción acer­ca de su es­te­ri­li­dad. Al­gu­nos es­tán con­fu­sos y sin rum­bo, y ca­re­cen de los ele­men­tos ne­ce­sa­rios pa­ra en­ten­der cuál es el pro­ble­ma que los aque­ja. En otros, la in­quie­tud per­so­nal y la ne­ce­si­dad de com­pren­der y sa­ber los con­vir­tió en ex­per­tos, in­clu­so ac­ce­dien­do a las úl­ti­mas pu­bli­ca­cio­nes dis­po­ni­bles pa­ra los es­pe­cia­lis­tas vía In­ter­net. Ca­da ca­so es un enig­ma dis­tin­to y el echar luz so­bre el ori­gen de su pro­ble­ma sen­ta­rá las ba­ses pa­ra un tra­ta­mien­to ade­cua­do. Mu­chas ve­ces las cau­sas pue­den es­tar re­la­cio­na­das con al­te­ra­cio­nes en la ca­li­dad del se­men. La ma­yo­ría de las ve­ces las so­lu­cio­nes pa­san por tra­ta­mien­tos sen­ci­llos co­mo una ci­ru­gía del va­ri­co­ce­le, es­ti­mu­la­ción de la es­per­ma­to­gé­ne­sis, et­cé­te­ra, aun­que otras re­quie­ren de la lla­ma­das téc­ni­cas de al­ta com­ple­ji­dad co­mo la fer­ti­li­za­ción in vi­tro (FIV) o la in­yec­ción in­tra­ci­to­plas­má­ti­ca de es­per­ma­to­zoi­des (IC­SI).  
En to­dos los ca­sos se jue­ga na­da más ni na­da me­nos que "el lo­gro de la des­cen­den­cia" por lo tan­to el es­pe­cia­lis­ta de­be ofre­cer­les siem­pre el ma­yor co­no­ci­mien­to cien­tí­fi­co y la ma­yor con­ten­ción po­si­ble com­par­tien­do los lo­gros cuan­do los re­sul­ta­dos son po­si­ti­vos o in­fun­dien­do fuer­zas y es­pe­ran­za cuan­do no lo son. La pa­re­ja tie­ne el de­re­cho de co­no­cer la ex­pe­rien­cia y la for­ma­ción del mé­di­co ele­gi­do en el área de la re­pro­duc­ción hu­ma­na. El es­pe­cia­lis­ta de­be acre­di­tar una só­li­da for­ma­ción y una de­di­ca­ción ca­si ex­clu­si­va al te­ma, ade­más de con­tar con to­do un equi­po es­pe­cia­li­za­do en el te­ma. Si fue­ra ne­ce­sa­rio re­cu­rrir a una téc­ni­ca de re­pro­duc­ción asis­ti­da lo re­co­men­da­ble es di­ri­gir­se a los cen­tros acre­di­ta­dos a tal fin por las au­to­ri­da­des com­pe­ten­tes. En nues­tro país la So­cie­dad Ar­gen­ti­na de Me­di­ci­na Re­pro­duc­ti­va (SA­MER).  
Fi­nal­men­te, si bien en un im­por­tan­te nú­me­ro de ca­sos la in­fer­ti­li­dad obe­de­ce a cau­sas or­gá­ni­cas, es­te ca­mi­no que con­sis­te con­cre­ta­men­te en po­der for­mar una fa­mi­lia pue­de re­que­rir de la asis­ten­cia psi­co­ló­gi­ca. Es­ta co­la­bo­ra­rá pa­ra de­jar atrás o apa­ci­guar el do­lor que esa bús­que­da pro­du­ce. Es no­ta­ble có­mo al­gu­nos lo­gran tran­si­tar es­ta sen­da sin de­ma­sia­dos su­fri­mien­tos ni in­con­ve­nien­tes y mu­chos otros ne­ce­si­tan de la ayu­da del psi­có­lo­go es­pe­cia­li­za­do que les ayu­da­rá a ob­te­ner las fuer­zas ne­ce­sa­rias des­de es­ta si­tua­ción de ad­ver­si­dad. En am­bos ca­sos, mé­di­co es­pe­cia­lis­ta y psi­có­lo­go se­rán los en­car­ga­dos de brin­dar lo me­jor de sí y po­ner a dis­po­si­ción to­dos los avan­ces de la cien­cia.
 
Prof. Dr. Natalio Kuperman  
 
Doctor  en  Medicina y Cirugía  
Especialista en Medicina Reproductiva
Clínica de Especialidades

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