“Bajo el mar, bajo el mar, vives contenta, siendo sirena eres feliz. Si no te quieres alinear, bajo el mar te quedarás, y sin problemas, entre burbujas, tú vivirás”, cantaba el Cangrejo de La Sirenita. Bicho mentiroso y embustero, que le pintaba un mundo de colores a la pobre Ariel aun sabiendo que el destino inevitable de él, de ella y de todos los pececitos que tocaban el tambor, era terminar despedazados por las fauces de algún tiburón.
Amén de las falacias de Disney, hay mucha gente que es feliz de verdad bajo el mar. Son los amantes del buceo o, para ser más específicos, del submarinismo (que se desarrolla en el mar y no en ríos o lagos). Actividad que lleva a sus adeptos a tutearse con las profundidades y explorar la vida que tiene lugar en aquellos rincones impensados. Ahí van los tipos, aventureros ellos, curioseando entre corales, peces de mil colores, plantas exóticas, cuevas e incluso estructuras creadas por el hombre, como barcos hundidos. Todo muy lindo. Hasta que te viene una anguila eléctrica de cinco metros de largo y 80 centímetros de grosor por atrás, y dice: “A este me lo clavo con papas al horno”.
Si bien la práctica encierra diversidad de fines (científicos o militares, por ejemplo), es la pura recreación la que más seguidores le genera. Son miles y miles los viajeros que se desplazan hacia distintos puntos del globo buscando los mejores lugares para la inmersión. En ese sentido, el ranking lo encabezan países que tienen en sus costas un tesoro de azul clarito, arcoíris y extrañas formas allende la superficie del mar, como Indonesia, Filipinas, Australia, Brasil o México, entre muchos otros. Por razones que se intuyen meramente políticas, Bolivia y Paraguay no figuran en la lista.