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13 de Julio de 2014
CARINA SEDEVICH Y MARCELO DUGHETTI
Poetas inmensos de la "Villa"
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No sólo miden cerca de 1,90 metro de estatura, sino que cuentan con una media docena de libros de una fabulosa calidad literaria. Hablaron de sus últimos trabajos, que acaban de aparecer por dos prestigiosas editoriales cordobesas. Hoy, desde Villa María, ambos son referentes ineludibles de la nueva poesía argentina


Poesía hecha de notas cotidianas. Versos sacados de blocks que dicen “fui a comprar el pan” o “vuelvo enseguida”. Fugaz literatura que se deja en la mesa o se pega en la heladera con un imán para los lectores de una casa antes del inexorable olvido. Resulta curioso, pero del diálogo con estos “ayuda-memoria” para los días de la vida están compuestos muchos poemas de “Escribió Dickinson” y “Fui a cuidar los árboles”, los últimos libros de Carina Sedevich y Marcelo Dughetti. 
Ambos participan de ese “método de composición” donde la vanguardia se vuelve arte efímero tomando como punto de partida esas letras condenadas al basurero. Acaso como una metáfora de la cotidianeidad de sus vidas y la fugacidad de sus versos, de ese quieto estoicismo que pasa por la aceptación del mundo. Sin embargo, este cronista fallaría a la verdad si como lector o como simple aficionado a la arquitectura de los versos, confundiera la precariedad de los ladrillos con el diseño de una casa. Una catedral lo es “a pesar” de sus materiales y no “por la calidad de las piedras”. Del mismo modo, la fugacidad de la existencia está fijada en estos libros mediante una poética clásica, cristalización gramático-espiritual concebida para perdurar y no para morir entre cáscaras de zapallo y los diarios abollados del día. Y en este sentido, los libros de Carina y Marcelo son viviendas perdurables hechas con material descartable, construcciones ecológicas para atravesar el espacio y el tiempo hechas con materiales de demolición. Son el espíritu reciclando la materia. Lázaro viniendo de la muerte y caminando entre los hombres tiznado de eternidad. El día de mañana salvando el olvido del hoy, la ineludible y mortal condición del instante. 
 
Sedevich o la universalidad en las pequeñas cosas
 
-Muchos de los poemas de tu último libro hablan de un mundo doméstico. ¿Lo cotidiano es uno de tus temas poéticos?
-Creo que mis temas son las obsesiones que me acompañan desde siempre: la vida y su sentido o su falta de sentido, la relación con el lenguaje, la imposibilidad de comunión con el otro, la soledad como verdad en última instancia. Pero para hablar de todo esto intento sostener la mirada sobre cada cosa pequeña de la vida cotidiana: una fruta comprada en el supermercado, una bata de seda, mi gata, mi hijo, algún amor, algún recuerdo infantil.
-¿Hay una continuidad entre “Escribió Dickinson” y tus libros anteriores?
 -Sí, porque los temas que te dije siempre subsisten. Sin embargo, tengo la sensación de que en este libro los abordo desde una perspectiva más contemplativa, quizás menos dramática. Sospecho que esta apuesta, más cercana a la aceptación existencial, posibilita la apertura de nuevos y diversos caminos de conexión con el lector. Aunque esos lectores no necesariamente sean más numerosos.
-¿Cómo es la relación entre tu “yo real” y tu “yo poético”?
-Entiendo que uno escribe como vive y que la vida no deja de moverse. Mi escritura se mueve constantemente y, aunque no estoy en condiciones de afirmar hacia dónde, me alegra muchísimo que así sea. Escribo tratando de ser consciente de los modos en que mi escritura se transforma y procurando sostener una actitud que considero imprescindible: no falsearme, no ocultarme detrás la poesía. 
-El título de tu libro es una cita de una poeta norteamericana. Contame algo acerca de tus lecturas...
-Debo decirte que mis lecturas de poesía, que es casi lo único que leo actualmente, son bastante caóticas y caprichosas. Vuelvo a menudo a los mismos autores: los clásicos orientales, Pessoa, varios italianos que me encantan, como Pavese, Ungaretti, Quasimodo, y Montale, algunas poetas que me interesan como Merini, Varela o Figueroa. No me esfuerzo por leer aquello que a primera vista no me gusta. Me atrae mucho la poesía oriental y, por supuesto, admiro a quienes la traducen. 
-En la contratapa de tu libro hay un haiku citado por Susana Cabuchi y una cita tuya a los poetas chinos que cantaban al vino. ¿Qué significa la poesía oriental para vos?
-Me fascina la síntesis y la universalidad que puede alcanzar apoyándose en lo esencial de la existencia humana, que, a mi juicio, se encuentra en lo pequeño. Creo que la poesía se trata de eso: por ese camino intento encontrar y sostener mi propia voz. 
-Tus poemas son muy famosos en las redes sociales. ¿Cómo es tu relación con Facebook?
-De un tiempo a esta parte uso Facebook casi exclusivamente para dar cuenta de mis novedades editoriales, pero no constituye para mí un estímulo a la hora de escribir. Acaso porque escribir no es para mí una elección, sino un hecho inevitable. Pero además, cuando escribo no pienso si me van a leer en Facebook. Ni siquiera me pregunto si esos versos se publicarán. Cuando escribo me concentro en lo que necesito decir y en cómo hacerlo.
-¿Qué puntos en común hay entre tu poesía y la de Marcelo Dughetti? 
-Suelo sentirme “emparentada” poéticamente con Marcelo porque me parece que ambos escribimos con humanidad y verdad. Creo que la poesía debe ser humana y verdadera, además de ser formal y semánticamente “buena”. Estoy convencida de que todo arte debe ser así.
 
Dughetti o el eco poético de una casa vacía
 
-Contame, Marcelo, cómo nace “Fui a cuidar los árboles”.
-Los poemas de este libro tienen ya cuatro años. Yo venía de cerrar un libro entrañable y extraño para mí, que es “Sioux”, y no me había dado cuenta de que así cerraba pequeñas novelitas en verso. Es decir, que contaba siempre una historia. Este libro, en cambio, es un corte con todo eso.
-¿Necesitabas alejarte de la conceptualidad de tus otros libros?
-En cierto modo, sí. Me di cuenta de eso la última vez que leí en público, que no podía recortar un poema de esos universos, sencillamente porque se sostenían “gracias” a esos universos. Entonces, sin pensarlo conscientemente, estallé mi concepto. Fragmenté. Y a la vez le di autonomía a cada marioneta. Dejé descansar al narrador y propuse poemas que fueran completados por el temible lector. Pero eso, además, me dio la posibilidad de leer en público un poema sin necesidad de referir su novela. 
-Hace siete años publicaste “El monte de los árboles sogueros”. ¿Qué significan los árboles en tu poesía?
-El árbol siempre está presente en lo que escribo. Amo a esos gigantes aparentemente inmóviles. En aquel libro del año 2007, los árboles funcionaban como un clérigo que acompaña al que está marcado y sabe que debe dejar este mundo. Y ellos, los árboles, bendecían el momento, esperaban el ronco crujir de la soga y el temblor del que se va porque no acepta el contrato que le ofrece el mundo. Los árboles de este último libro, en cambio, son árboles que necesitan de mi cuidado para saberse parte aún de este mundo que ha condenado a la naturaleza. Son árboles indefensos. 
-Sin embargo, el título nace de una nota tuya dejada en una mesa...
-Sí, esa es la parte prosaica. Cuando hace poco me separé, tuve que dejar esos árboles en mi antigua casa. Un limonero, una acacia azul, un algarrobo, un pino y dos lapachos rosados que todavía me necesitan. Así que de vez en cuando pido permiso para ir a ver cómo están. Una tarde, estando en casa de mi tía, le dejé una notita diciendo “tía, ya vengo, me fui a cuidar los árboles”. Cuando la encontré al otro día, supe que era el título de mi próximo libro.
-¿Pensás que tu último poemario tiene los mismos temas de los anteriores?
-Este libro, como todos los demás que escribí, es un mismo libro; la canción que uno se repite, el “runrún” que suena en la intemperie de uno mismo. Soy parte de ese estado permanente de crisis y autorreflexión. Y simultáneamente construyo con mis compañeros de época una crítica social, ideológica, discursiva y literaria. 
-Hablás de tus “compañeros de época” y de la construcción de la literatura Así que te pregunto: ¿cómo ves la actual poesía argentina?
-Pienso que es ambigua e inestable y que por eso mismo denuncia también la inestabilidad de quien la escribe en relación a su espacio en la comunidad y la enunciación de su discurso. Ariel Williams, un poeta patagónico, dice que nuestra poesía “camina sobre un suelo que no está nunca asegurado”. Los poetas son casi siempre autorreflexivos. Entonces se labura hablando de la propia escritura, de la cotidianeidad, se polemiza con otras poéticas, se discute sobre  la posibilidad o imposibilidad del poema, etcétera. Creo que tranquilamente podría encajar mi precaria poesía en ese marco. 
-¿Qué puntos en común encontrás con la poesía de Carina Sedevich?
-¿Carina es Eros, yo soy Tanatos? (risas) Sí, un poco somos los dos de las dos cosas. Eso creo. Carina es una poeta inmensa. Creo que los dos abordamos ese suelo inestable que nos toca como personas y llevamos al terreno del “yo” literario una voz casi siempre lacerada. No podemos ver de otra forma lo que nos rodea. Pero pienso que tampoco podemos aceptar esa literatura soft que suelen hacer algunos donde el cuero no se compromete. O esos que trabajan tanto el “yo” literario que quedan totalmente desprendidos de lo que escriben. 
-¿Cómo es eso?
-Quiero decir que es difícil con esos poetas hacer realidad aquella frase de “abres un libro, tocas un hombre”. Carina es una permanente visitante del infierno tan temido, de esa soledad del eco de la casa vacía cuando todo ha terminado y sabes que el mundo ha perdido las únicas columnas que lo sostenían. Carina labura desde ahí el poema, deja la catarsis de lado y asume su lucha con el idioma de una manera estoica y llena de grandeza.
 
Iván Wielikosielek



Dos poemas cotidianos

Escribió Dickinson:/ Me fui temprano, me llevé mi perro// Cosas de la gente que está sola.// Yo también salgo y dejo esas noticias.// Y encabezo Hijo/ y firmo Madre// como si hubiera alguien más en esta casa.// Me fui temprano.// Crucé las vías para llevarte flores.//No tuve apuro.// Las palabras, grandes o pequeñas,//siempre corren la suerte/ de las flores. 
 
Carina Sedevich nació en 1972 en Santa Fe y reside en Villa María. En poesía ha publicado “La violencia de los nombres” (1998, Ediciones Fe de Ratas, Santa Fe), “Nosotros No” (2000) y “Cosas dentro de otra cosa” (2000, ambos por Lítote Ediciones, Santa Fe), “Como segando un cariño oscuro” (2012, Llanto de Mudo), “Incombustible” (2013) y “Escribió Dickinson” (2014, ambos por Alción Editora). Es docente en Comunicación y Semiótica en la Universidad Nacional de Villa María.
 
*          *          *
 
A Alejandra Olivero
Mi hija/ sentada al borde de la infancia/ con un sombrerito de diario/ y zapatillas de raso/ nos mira trabajar la angustia// la madre/ canta sobre la máquina/ y el fuego de la estufa/ se duerme// ahora// los tres// la niña/ desde el borde// la madre/ desde la máquina// y yo/ desde el silencio// oímos caer la tarde// como si lloviera/.
 
Marcelo Dughetti nació en 1970 en Villa María. En poesía ha publicado “La joroba de bronce” (2003, Imago Mundi), “Donde cayó esta muerta” (Premio Provincial de Letras 2003, Narvaja Editores), “El monte de los árboles sogueros” (2007), “Los caballos de Isabel” (2009, ambos por Ediciones Recovecos), “Hospital” (2012, Ediciones Cartografías), “Los perros del loco Torriglia” (2010, plaqueta) y “Sioux” (2013, ambos por Ediciones Pan Comido). En narrativa publicó el libro “La bicicleta roja” (2007). Es maestro de escuela primaria. Actualmente coordina un ciclo de lecturas de poesía para la Editorial Universitaria Villa María (Eduvim) en el café de la Medioteca.


 

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